El Misterio Esotérico del Gato: Puertas entre Mundos, de Egipto a la Cábala.
El Misterio Esotérico del Gato: Puertas entre Mundos, de Egipto a la Cábala.
Por Lucius Cohen
En las sombras silenciosas de la noche, donde la luz
se contrae y los velos se adelgazan, camina el gato: criatura liminar, guardián
de secretos, puente entre lo visible y lo oculto. Su presencia, tan cotidiana y
a la vez tan enigmática, ha fascinado a las antiguas civilizaciones, desde las
orillas del Nilo hasta los textos sagrados del pueblo de Israel. En este velo
de misterio, la gematría y los midrashim revelan conexiones esotéricas donde el
felino emerge como símbolo de equilibrio divino, modestia y victoria sobre el
caos.
La palabra hebrea para “gato” en su forma masculina es
חתול (jatul),
mientras que la femenina es חתולה (jatula) y el plural חתולים (jatulim). Esta palabra no
figura en la Torá escrita (el jumash), ni se menciona explícitamente en el
Tanaj. Los gatos domésticos, tan comunes en el Antiguo Egipto, permanecen
ausentes en los textos bíblicos primordiales, apareciendo solo en la literatura
rabínica posterior, como un eco tardío de tradiciones más antiguas.
Sin embargo, su valor numérico en la gematría revela
un secreto:
ל = 30 + ו = 6 + ת = 400 + ח = 8 = 444
Frases de valor 444
אתה הוא יהוה ("Atah Hu Adonai" - "Tú eres el Señor")
אלהים משיח ("Elohim Mashiach" - "Dios Mesías")
אל הנחשן ("El HaNachash" - "A la serpiente", en
alusión al Nachash de Gan Edén*)
El 444 resuena en la Cabala como un portal sagrado. Es
4 × 111, y 111 equivale a אלף (Alef), la primera letra del alfabeto, símbolo de la unidad divina
primordial. El 4 evoca la letra ד (Dalet, “puerta”), sugiriendo umbrales entre mundos. El gato,
con su visión que penetra la oscuridad, cruza estos velos: ve lo invisible,
navega lo espiritual disfrazado de físico. Que el gato tenga valor numérico 4 ×
111 revela el secreto de sus múltiples vidas, pues 111 = 3 por lo que tenemos 4
× 3 = 12 = 3, entonces 444 = 4 × 3 = 12 = 3, o lo que es lo mismo, 444 = 12 = 3,
que es el número del mundo tridimensional, revelando que no importa lo que haga
el gato, siempre vuelve a empezar en el 3. Cuando se muere, pasa por la puerta
de Dalet que vale 4 y vuelve a renacer, porque 4+3 = 7 que es el número de días
para la construcción del mundo y descanso.
Pocas palabras aisladas en la Torá alcanzan
exactamente 444, pero una resuena con fuerza: דמשק (Damesek, Damasco), la ciudad
mencionada en Bereshit 15:2 como origen del fiel Eliezer de Damasco (Dammezek
Eliezer: el mayordomo principal y más confiable de Abraham en el Antiguo
Testamento, cuyo nombre significa "Dios es mi ayuda"). Damasco, lugar
de misterios y exilio, evoca al gato como custodio de secretos en tierras
ajenas, equilibrando las fuerzas ocultas del mundo.
El Nacimiento Milagroso en el
Arca
Aunque la Torá guarda silencio sobre el gato, los
midrashim lo traen a la luz. En la tradición del Arca de Noé —preservada en
fuentes como el Sefer HaYashar y leyendas aggádicas—, las ratas proliferaron
amenazando las provisiones. Noé elevó su oración a Hashem. En una versión, el
león —símbolo de Gevurá, la fuerza severa— estornudó, y de ese estornudo nació
el gato. En otra, el Creador lo manifestó milagrosamente allí mismo.
Este nacimiento no es casual: el gato surge como tikún
divino, corrección contra el caos representado por las ratas —klipá, cáscaras
impuras—. Domesticando la ferocidad del león, suaviza la Gevurá con Jésed,
misericordia. Es una criatura nacida “en el momento oportuno”, recordándonos
que la gracia divina se revela incluso en los detalles más humildes.
La Modestia Oculta del Talmud
El Talmud, en Eruvin 100b, nos lega una perla del
rabino Yoḥanan: “Si la Torá no hubiera
sido dada, aprenderíamos modestia del gato”, pues cubre sus excrementos con
tierra. Rashi profundiza: es ejemplo perfecto de tzniut, modestia.
Esotéricamente, el gato encarna el tzimtzum divino:
Hashem contrae Su luz infinita para que el mundo exista. Caza en silencio, se
mueve sin ruido, guarda sus misterios. En tradiciones cabalísticas posteriores,
especialmente el gato negro, se asocia a poderes liminares: protector contra
fuerzas negativas, familiar místico. Rav Papa discute sus linajes, vinculándolo
al león: Gevurá domesticada, accesible al hombre común.
En Berachot 56b, los sueños con gatos son presagios
ambiguos. El texto arameo dice: quien ve un gato en sueño, en tierras donde lo
llaman shunra, recibirá una bella canción —buena fortuna, inspiración—. Pero
donde lo pronuncian shinra, le sobrevendrá un cambio malo. El sueño sigue la
interpretación, como una carta sin abrir: el gato nos enseña que el oculto
puede ser luz o sombra, según cómo lo leamos.
Otras frases de valor 444 iluminan más: אתה הוא יהוה (“Tú eres
el Señor”), אלהים משיח (“Dios Mesías”), אל הנחשן (“A la serpiente”), aludiendo al Nachash del Gan Edén —el gato
como eterno adversario del caos serpentino, recordando que el gato tiene ojos
de serpiente.
El Gato Sagrado del Nilo
Antiguo
En el Antiguo Egipto, el gato trascendía lo animal
para convertirse en emblema divino. Su nombre era miu o miw, onomatopeya del
maullido —“mi-au”—, como si el dios creador insuflara vida mediante el sonido.
La forma femenina, miit, significa “la que maúlla”. En la Cabala, esto evoca el
poder de la palabra en Bereshit: el verbo divino moldea la forma.
Los faraones, encarnaciones de Horus o Ra, veneraban
al gato como protector del reino. Asociado a Bastet, hija de Ra —diosa de
protección, fertilidad y armonía—, inicialmente leona feroz como Sekhmet,
evolucionó a felina gentil en la Dinastía XXII. Equilibrio perfecto entre
fuerza (Gevurá) y gracia (Jésed).
Millones de gatos momificados reposan en Bubastis;
matar uno era crimen capital. Ramsés II los retrataba como amuletos; Ptolomeo
XII ejecutó a un romano por accidente felino. Protegían graneros de ratas y
serpientes —Apep, el caos primordial.
En mitos solares, Bastet como gata auxiliaba a Ra en
el Duat, decapitando serpientes. Una variante: enviada a castigar la humanidad,
se enfurece como leona, pero el vino tinto la apacigua, regresando a su forma
apacible —eco del midrash del león y el estornudo.
En Textos de las Pirámides, un gato divino devora al
ratón que amenaza a Osiris. Heródoto cuenta fiestas en Bubastis con danzas y
gatos vivos; familias afeitándose cejas en luto felino. En la ciudad de
Bubastis y las fiestas, Heródoto describe las fiestas anuales en honor a
Bastet, donde miles de peregrinos danzaban con gatos momificados o vivos,
celebrando la fertilidad. Una leyenda cuenta que Bastet, siendo gata, salvó a
un faraón de una plaga maullando e invocando una horda de felinos para que
devoraran a los roedores portadores de enfermedades.
Historias populares sobre el humor y el caos: En los
"Cuentos de Petese" (fragmentos de papiros demóticos), los gatos son
personajes astutos y traviesos, agentes del humor y el desorden. Un gato roba
joyas o engaña a los humanos, representando lo impredecible. En otra fábula, un
gato es el familiar de una diosa, trayendo buena fortuna a los devotos, pero
maldiciones a los incrédulos. Heródoto (historiador griego, siglo V a. C.)
relata que los egipcios se arrojaban al fuego para salvar a los gatos de las
llamas, y que las familias se afeitaban las cejas en señal de luto por la
muerte de un gato; leyendas que destacan el duelo como ritual de purificación.
Un híbrido mítico cercano: el serpopardo en la paleta
de Narmer (circa 3100 a.C.), felino con cuello serpentino, simbolizando caos
que el rey doma.
Así, del Nilo a la Torá, el gato permanece: portal
vivo (444), vencedor de serpientes, maestro de modestia, nacido del equilibrio
divino. En su mirada nocturna, vemos reflejada la luz oculta que Hashem reserva
para quienes buscan en silencio.
En la gematría, el 444 evoca portales, y en Egipto, el
gato custodiaba los portales de la Duat, el inframundo.

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